Raul yepez on Fri, 12 Dec 2003 18:08:03 +0100 (CET)


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[nettime-lat] La herencia a recuperar y lo deshechable de la experiencia de laizquierda


REFERANCIA:
http://www.revistarebeldia.org/revistas/001/art08.html

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La herencia a recuperar y lo deshechable de la experiencia de la izquierda
Por Raúl Jardón


Desde hace casi una década, existe y se ha desarrollado al seno del Partido 
de la Revolución Democrática (PRD), de muchas agrupaciones sociales, 
organizaciones no gubernamentales y entre los simpatizantes del zapatismo la 
tendencia a despreciar, negar y tratar de evitar todo lo que tenga que ver 
con la experiencia de lo que se llama despectivamente "la vieja" izquierda.

En el caso del perredismo tal tendencia es desaforada y lógica, ya que sus 
principales dirigentes, hayan pertenecido o no a esa "vieja" izquierda, 
están empeñados en negar todo lo que "huela" a revolucionario o radical, 
para sustituirlo por una mentalidad institucional que encauce a sus 
afiliados y simpatizantes sinceros y honestos en una lucha que no rebase los 
marcos del sistema, y que los lleve a aceptar como naturales los fenómenos 
de arribismo y luchas por el poder que imperan en ese partido.

En el caso de muchas organizaciones sociales, el rechazo a la experiencia de 
la "vieja" izquierda se nutre de una fuente positiva: el rechazo de las 
prácticas de aquella izquierda que las usó, en muchos casos, como simples 
"correas de transmisión" de las líneas y órdenes de los partidos y 
organizaciones que se auto-concebían como "la vanguardia". Pero también 
tiene una fuente negativa: la necesidad de mantener el clientelismo y 
neo-corporativismo que se han extendido, dominando las prácticas de esas 
organizaciones.

Por lo que se refiere a las organizaciones no gubernamentales, la negación 
de las experiencias de la "vieja" izquierda emana tanto de su propio 
carácter monotemático (que las lleva a tener dificultades para aceptar que 
hay luchas y objetivos generales que van más allá de lo que ha suscitado el 
interés y necesidad de agruparse de sus integrantes), como también del tipo 
de ciudadanos que se incorpora a ellas, que o bien están obsesionados 
sinceramente en resolver ese problema particular o conciben su actividad 
como una causa con la cual llenar su tiempo libre.

Entre los simpatizantes del zapatismo, la tendencia al olvido de la 
experiencia de la "vieja" izquierda se basa en aspiraciones correctas, pero 
también en interpretaciones incorrectas. Entre las primeras cabe citar la 
sana intención de crear algo nuevo, que supere los vicios de lo anterior; el 
rechazo a todo tipo de autoritarismo y vanguardismo y la búsqueda de una 
nueva identidad. Entre las segundas, hay que señalar un fenómeno que surge 
después de cada movimiento popular que concita la voluntad de cambio de la 
gente, y que consiste en creer que con ese movimiento ha comenzado realmente 
la historia y que del pasado ya no hay casi nada que aprender. Esto ocurrió 
destacadamente con la revolución bolchevique en Rusia, con la revolución 
cubana, etcétera, y ocurre también con el levantamiento zapatista.

Partiendo de tal situación, el propósito de este artículo es difundir las 
experiencias útiles que nos han dejado como herencia las generaciones de 
luchadores de izquierda respecto a lo que es la militancia política y 
social, así como señalar sus graves desviaciones y errores pues, por 
desgracia, es frecuente que conciente o inconcientemente, tanto en la base 
del PRD como en las organizaciones sociales y de derechos humanos y entre 
los simpatizantes zapatistas, repitamos los últimos sin saberlo siquiera, 
mientras que no conocemos ni aprovechamos lo aprovechable de las 
experiencias útiles.

¿Quién era un militante de izquierda?

Desde el surgimiento de los grupos anarcosindicalistas y socialistas en 
México, en la acción del Partido Liberal Mexicano de los hermanos Flores 
Magón, con el nacimiento del Partido Comunista Mexicano en 1919 y unos años 
después de los grupos trotskistas; en la década de los 70, con la irrupción 
de los grupos guerrilleros y de las corrientes maoístas, y aún hasta los 
primeros años de la participación legal de algunos partidos de izquierda en 
las elecciones, las generaciones de militantes que dieron su vida, fueron a 
la cárcel, crearon organizaciones y destacaron en las luchas populares 
tuvieron una cosa en común: la gran mayoría de ellos (porque no hay que 
negar que también hubo muchos oportunistas, individuos sedientos de poder, 
etcétera) concebían su militancia revolucionaria no como un pasatiempo 
intelectual, ni como sólo una parte de su vida, sino que para ellos la lucha 
por transformar el mundo era el objetivo central de su vida, el ideal al que 
se dedicaban no sólo en la actividad política, sino al que tenía que 
corresponder su vida familiar, su conducta en el trabajo, su actitud ante 
los compañeros y amigos y la gente en general.

El militante de izquierda aspiraba (no digo que todos lo lograran, ni que 
todos se empeñaran lo suficiente en ello) a serlo no simplemente en el seno 
de la organización a la que pertenecía, sino en todos los aspectos de su 
vida sin esperar (en la gran mayoría de los casos) recompensa alguna.

Ello explica por qué las organizaciones, e incluso pequeños grupos de 
izquierda, lograban sobrevivir y desarrollarse aún en los periodos de fuerte 
represión y en los años en que, por las circunstancias socioeconómicas, 
estuvieron aislados de las masas populares. Había una mística revolucionaria 
que hacía que siempre hubiera un militante que era la semilla de la cual 
surgía un nuevo grupo de base de tal o cual organización cuando el anterior 
desaparecía, ya sea bajo los golpes de la represión o de las deserciones por 
el desencanto de otros que abandonaban la militancia. El militante que, por 
cambiar de trabajo o lugar de residencia, se alejaba de su organismo de base 
casi siempre sentía la necesidad vital de formar otro en su nueva zona de 
residencia o de labores.

No es casualidad que en la izquierda se empleara el término militar de 
reclutamiento para referirse a la tarea de conseguir nuevos militantes para 
una organización. Para ser militante no bastaba tener una simpatía general 
con la causa o una identificación emotiva con ella; para los compañeros con 
esas motivaciones existía la categoría de simpatizantes o los "grupos 
amplios" en los que influía tal o cual organización. El militante, para ser 
admitido como tal, tenía que conocer más o menos con profundidad y estar de 
acuerdo con los documentos básicos de la organización y aceptar sus normas 
organizativas, cosas fundamentales para que los militantes tuvieran una 
identidad común y una vinculación solidaria entre ellos.

El espíritu de entrega de los militantes se veía fortalecido, además, por el 
ejemplo de la mayoría de los dirigentes de las organizaciones de izquierda 
(aunque, insisto, también hubo muchos casos de autoritarismo y de buscadores 
de privilegios personales), que se sacrificaban siendo revolucionarios 
profesionales y recibían de la organización ingresos miserables que casi 
nunca alcanzaban para vivir dignamente. La mayoría de los integrantes de 
varias generaciones de líderes destacados no cayeron en los intentos de 
corrupción gubernamental. Habiendo podido hacerse ricos u obtenido 
posiciones de poder, vivieron siempre modesta o pobremente, y así murieron. 
Nada que ver con la imagen actual de algunos líderes del PRD que antes 
fueron dirigentes de la izquierda.

Encontramos importantes ejemplos concretos del espíritu de entrega de 
militantes de base y dirigentes: en la década de los 70 con las decenas de 
militantes maoístas que abandonaron las comodidades y posibilidades de 
ascenso social de sus escuelas o trabajos, para dedicarse a hacer labor con 
los campesinos y en los movimientos urbanos; los trotskistas que hicieron lo 
mismo para convertirse temporalmente en obreros; las varias generaciones de 
militantes comunistas que fueron despedidos de sus trabajos, una y otra vez, 
y eran anotados en listas negras patronales al ser descubiertos haciendo 
labores de propaganda y organización partidaria o sindical.

Sin embargo, esa mística revolucionaria también tuvo sus rasgos negativos 
cuando un militante sentía ser el "iluminado" poseedor de la verdad, al que 
el resto de la gente no era capaz de comprender lo que, lejos de acercarlo a 
esa gente, lo aislaba o, peor aún, lo hacía creer que esa gente debía ser 
sólo un instrumento para lograr los objetivos de la organización a la que él 
perteneciera.

Por otro lado, el requisito de estar de acuerdo con los documentos básicos y 
normas organizativas llevaba, muchas veces, a sectores importantes de las 
organizaciones a tener una actitud acrítica o seguidista hacia los 
dirigentes que dictaban la línea de la organización. Sin embargo, sobre todo 
a partir de la década de los 60, prácticamente en todas las organizaciones 
de izquierda fue disminuyendo o desapareciendo tal actitud, para ser 
sustituida por el convencimiento de mayores grupos de militantes de que la 
adopción sincera de una identidad colectiva no debía llevar a aceptar lo que 
decía o escribía un dirigente, por ejemplar o brillante que fuera 
personalmente, sino que se podían tener diferencias, incluso profundas, con 
los documentos o línea de la organización, siempre y cuando se expresaran 
pública y honestamente en el seno de la organización misma.

También en el terreno de la disciplina de los militantes hubo sombras y 
luces. Durante mucho tiempo, en la mayoría de las organizaciones los 
militantes, por su disposición a la lucha y espíritu de entrega a la causa, 
consideraron que era su deber realizar cualquier tarea que se acordara o se 
les encomendara, aunque no estuvieran preparados para ella o hubieran 
sostenido opiniones contrarias a realizarla; lo que terminaba reduciendo la 
eficacia del trabajo y generando inconformidades. Esta disciplina, que 
rayaba en lo estrictamente militar, fue poco a poco siendo sustituida, al 
menos en buena parte de las organizaciones y militancias, por una verdadera 
aplicación de lo que se llamaba la disciplina conciente. Es decir, el 
acordar las tareas en discusiones democráticas, sin imposiciones o presiones 
morales, y buscando que las tareas se adaptasen a las capacidades de los 
militantes. Además, en algunos casos, se exentaba a los militantes que no 
estaban de acuerdo con una decisión de hacer las tareas para llevarla a 
cabo, siempre y cuando no actuaran por su cuenta en contra de esa decisión.

Por mucho tiempo, la militancia en organizaciones de izquierda se realizó en 
condiciones de semiclandestinidad (realizando actividades que no eran 
ilegales, pero que no eran permitidas por el gobierno) o de clandestinidad y 
esto imprimía un sello distinto a lo que sucede ahora en términos generales. 
Pero, como la represión focalizada o selectiva sigue existiendo, cabe 
recordar, también como experiencia, que los militantes de izquierda asumían 
que su actuación era éticamente correcta por servir a los intereses del 
pueblo. Por ello, en la mayoría de los casos, la fuerza de sus convicciones 
les permitía al ser detenidos por las fuerzas represivas resistir las 
torturas y no revelar lo que pudiera dañar a sus compañeros u 
organizaciones, pero, al mismo tiempo, nunca negaban lo que hubieran hecho 
personalmente y trataban de usar sus comparecencias judiciales públicas para 
hacer propaganda para su organización o el movimiento popular en el cual 
hubieran participado (que además era uno de los pocos momentos en que tales 
expresiones lograban aparecer en algunos medios de comunicación).

Este es el panorama en la situación actual: En la base del PRD, la 
aplastante mayoría de sus integrantes son afiliados que sólo se asumen como 
miembros de su partido en las manifestaciones, mítines, a la hora de votar 
o, cuando mucho, en luchas concretas que les atañen directamente. En el caso 
de las organizaciones sociales, mucha gente participa únicamente para tratar 
de obtener una demanda personal, familiar o de grupo (aunque sea legítima). 
Mucha gente pertenece hoy a una organización no gubernamental con el mismo 
espíritu de buena voluntad, pero parcial, con que antes se participaba en un 
grupo caritativo. También vemos cómo muchos simpatizantes del zapatismo sólo 
actúan en los momentos más graves o cuando el EZLN lanza alguna iniciativa.

En esta situación, bien vale la pena hacer esfuerzos por recuperar la 
herencia positiva, desechando lo negativo, de lo que era el militante de la 
izquierda, que lo era de tiempo completo no porque se dedicara todo el 
tiempo a la lucha política y social o al "activismo", sino porque trataba de 
dedicar todo lo que hacía en su vida a construir un mundo nuevo; recuperar 
críticamente el espíritu del militante que ponía su convicción de dedicar su 
vida a una causa por delante de sus intereses personales, profesionales e 
incluso familiares.

¿Suena demasiado utópico? Pasemos a examinar algunas experiencias de cómo se 
realizaba la militancia.

¿Dónde y cómo se militaba?

Un factor clave que explica el por qué la izquierda sobrevivió no únicamente 
a la represión y los periodos de aislamiento social, sino también a sus 
propios errores mayúsculos y desviaciones profundas, es que todas las 
organizaciones que la compusieron trataron de que la militancia de sus 
integrantes se realizara en colectivos de base (llamados células, círculos 
de estudio, comités, etcétera), que estuvieran enraizados en la sociedad.

Se buscaba que esos organismos de base se crearan y trabajaran en sectores 
sociales, laborales o de estudios en los que, la relativa homogeneidad de 
problemas e intereses de la comunidad, a mediano y largo plazos propiciaran 
la existencia de un sentido de colectividad, demandas comunes y el 
surgimiento y existencia de luchas más allá de lo coyuntural.

Esta dependencia y ligazón con una base social hacía que los organismos de 
base más sólidos y permanentes de las organizaciones de izquierda estuvieran 
ubicados en los centros de trabajo o estudio y entre los campesinos, y que 
fueran más inestables aquéllos de carácter puramente territorial (barrios, 
colonias, etcétera) o de profesionistas que tenían nexos comunitarios más 
endebles por la diversidad de intereses, problemas y estilos de vida de esos 
sectores.

Los organismos de base tenían una vida propia y facilitaban la formación 
política concreta de sus integrantes que, para ser eficaces en su labor, 
tenían que tomar los documentos básicos y línea política de la organización 
sólo como guías de principios y orientaciones generales, con los cuales 
debían elaborar la política e iniciativas concretas que correspondieran a 
las inquietudes, problemas y demandas de la gente del sector en el que 
actuaban.

Así, la discusión colectiva cotidiana en esos organismos no se limitaba a 
los planteamientos que se hicieran desde las dirigencias de las 
organizaciones, sino que tenía que ver fundamentalmente con lo que había que 
hacer para organizar a la gente e impulsar sus movimientos y luchas en donde 
no existían, o con lo que había que hacer en las organizaciones y 
movimientos sociales ya existentes.

Esas discusiones en los organismos de base influían, en mayor o menor 
medida, en los cambios en la línea general de las organizaciones, pues las 
experiencias con gente y luchas concretas tarde o temprano eran contrastadas 
por los militantes con los postulados de los documentos básicos y la línea 
que planteaban sus dirigentes. Al mismo tiempo, los militantes intentaban 
transmitir a la gente y a los movimientos las experiencias y conclusiones 
generales que la organización había sacado del estudio y discusión de la 
situación nacional e internacional y del desarrollo de las luchas populares.

Así, las organizaciones que mejor supieron establecer una relación 
dialéctica entre los planteamientos surgidos de sus organismos de base 
partiendo de su experiencia y las elaboraciones generales hechas por la 
organización en su conjunto fueron las que más lograron avanzar. Por el 
contrario, aquéllas en las que predominó el apego doctrinario a los 
programas o líneas, aunque no correspondieran a la realidad social, o bien 
el querer hacer la suma de demandas concretas de los diversos sectores en 
que actuaban sus militantes, sin encontrar las conclusiones generalizadoras 
que promovieran la confluencia de los movimientos y luchas en torrentes 
unitarios contra el sistema, quedaban en el estancamiento o desaparecían.

Dentro de las organizaciones de izquierda, el estudio de los problemas 
políticos, económicos y sociales era fundamental para sus militantes, pero 
hay que decir que en los casos de las que más desarrollo político lograron, 
ello se debió no tanto a los cursos, escuelas de cuadros o talleres 
organizados centralmente por tal o cual nivel de dirección (que, sin 
embargo, jugaron un papel importante), sino a la necesidad de estudiar y 
formarse políticamente que surgía en cada militante y en cada organismo de 
base. Era considerada como una tarea indispensable, por un lado, para 
conocer los aspectos teóricos que fundamentaban la posibilidad de otro tipo 
de sociedad que daba sentido a su vida y, por el otro, para responder a los 
problemas que les planteaba, individual y colectivamente, su actividad 
concreta.

Hay que decir que en ninguna fuerza política de izquierda se logró organizar 
un estudio sistemático y permanente, ni obtener un nivel político homogéneo 
de todos sus militantes. Sin embargo, las que más avanzaron fueron aquéllas 
en las que los temas a estudiar surgían, por un lado, de las necesidades 
concretas de la lucha, planteadas desde la base militante, y, por el otro, 
por la inquietud, por las ansias de saber teórico de los militantes, 
acertadamente captadas por las dirigencias para organizar cursos, editar 
libros y folletos, etcétera.

Estas características de los militantes y de sus organismos de base fueron 
esenciales para que diversas organizaciones de izquierda se colocaran al 
frente de los principales movimientos populares ocurridos en México: desde 
la formación o democratización de centenas de sindicatos y la creación de 
las ligas de comunidades agrarias en los años 30; los movimientos 
magisterial y ferrocarrilero entre 1956 y 1959; la oleada de invasiones 
campesinas de tierras en la primera mitad de los años 60; etcétera. Incluso 
en el movimiento estudiantil de 1968, en el cual la mayoría de los 
integrantes del Consejo Nacional de Huelga eran estudiantes sin experiencia 
política previa, los principales y más respetados dirigentes eran o habían 
sido antes miembros de organizaciones de izquierda. Algo similar ocurrió con 
algunos de los dirigentes de las organizaciones de damnificados luego de los 
sismos de 1985.

Contra lo que constituye la "leyenda negra de la vieja izquierda", hay que 
decir que en la gran mayoría de los casos en que militantes de sus 
organizaciones se convirtieron en líderes de un movimiento u organización 
social, ello no ocurrió por simples maniobras o apetitos de poder (que, sin 
embargo, también existieron), sino porque su honestidad, entrega a la lucha 
y la capacidad y experiencia políticas que adquirían los hacia destacar y, 
aunque a veces no quisieran, la gente no aceptaba (como no acepta ahora) que 
alguien no diera la cara poniéndose al frente cuando la situación lo exigía. 
Cabe recordar que en ese entonces ser dirigente de un movimiento, 
organización social o partidista no traía aparejadas las dulces mieles del 
poder o de la fama, sino el riesgo de ser el primero en sufrir la represión.

Es cierto que hubo líderes de izquierda en los movimientos y organizaciones 
sociales que se aferraron al poder o lo usaron para mal, pero la mayoría de 
los militantes de izquierda llevados por la gente al papel de dirigentes 
sabían someterse a las decisiones democráticas de sus bases y asumían su 
papel como una grave responsabilidad que tenían que cumplir, más que como 
una oportunidad de protagonismo.

Quizá el aspecto de la "leyenda negra de la vieja izquierda" que tiene más 
bases reales es la tendencia de sus organizaciones al sectarismo y los 
pleitos canibalescos entre ellas. Esa tendencia se alimentaba, por un lado, 
del papel de vanguardia que se atribuía a sí misma cada organización y, por 
el otro, de la tendencia de los militantes a llevar al extremo sus 
convicciones sinceras de tener la razón, convirtiéndolas en actitudes 
autosuficientes de desprecio hacia los militantes de otras organizaciones. 
Además, por supuesto, el que las organizaciones de izquierda y sus 
militantes se hacían eco de los grandes debates entre sus respectivos 
referentes internacionales. No obstante, hay que decir que aún cuando se 
enfrentaban entre sí, los grupos de izquierda generalmente se unían en los 
momentos más difíciles de la lucha y que, a partir de la década de los 70, 
fue creciendo la tendencia unitaria en frentes, coordinadoras y hasta la 
fusión de organizaciones.
Hoy, cuando el vanguardismo va en retroceso, se siguen repitiendo los 
fenómenos sectarios producto de la creencia sincera de los integrantes de 
organizaciones de todo tipo de que su línea y actividad son las justas. Si 
avanzamos en el camino de hacer más militante nuestra vida y actividad, hay 
que evitar que tales fenómenos se acrecienten y lograr que el 
fortalecimiento de una identidad propia no signifique ni aislamiento 
respecto a la gente, ni sectarismo autosuficiente.

Otro aspecto destacado de la militancia en la izquierda era que la penuria 
económica que padecían y las tareas concretas que se planteaban para cada 
organismo de base, hacía que los militantes tuvieran muy claro que era de 
ellos de quienes dependía el sostenimiento de su organización y de sus 
actividades.

Es cierto que se hacían, en algunos casos incluso mejor y más 
sistemáticamente que hoy, campañas económicas, ventas de bonos o boteos, e 
incluso se tenían redes de simpatizantes que donaban dinero a las 
organizaciones, pero el militante sabía que no tendría un respaldo moral 
firme para pedir dinero a la gente, si él mismo no lo aportaba. La actividad 
permanente de cada organismo de base hacía que no se pudiera esperar el 
apoyo económico o la propaganda de los órganos de dirección, sino que había 
que bastarse con los propios medios para el trabajo político y, además, 
aportar al sostenimiento general de la organización. Así, hubo 
organizaciones en las que cada militante aportaba como cuota un porcentaje 
fijo de sus ingresos, y sólo los desempleados y los estudiantes se fijaban a 
sí mismos cuotas mínimas.

Pese a todo lo anterior, hay que reconocer que la militancia en la izquierda 
sufrió los efectos de la convicción de cada organización de ser, o de 
aspirar a convertirse en, la vanguardia, encargada de dirigir al pueblo por 
poseer la verdad revolucionaria. Esto llevó, muchas veces, a tratar a las 
organizaciones sociales como simples correas de transmisión de las órdenes 
del partido revolucionario o a tratar de que los movimientos populares se 
encaminaran por la línea trazada por X o Z organización de izquierda. Sin 
embargo, hay que decir que esa conducta no fue absoluta y que fue perdiendo 
terreno, conforme los movimientos sociales alcanzaban madurez propia y los 
militantes ganaban experiencia.

¿Qué hay que rescatar de la "vieja" izquierda?

Una de las funciones muy importantes que cumplieron las organizaciones de la 
izquierda durante décadas, y que se interrumpió con la desaparición de 
algunas para disolverse en el seno del PRD, con la conversión de otras en 
grupúsculos sin mayor peso, etcétera, fue el ser el vehículo para la 
transmisión de la experiencia histórica no sólo de ellas, sino de los 
movimientos de masas populares que abrieron el camino a los muy relativos, 
pero reales, cambios que hoy nos permiten actuar públicamente con libertades 
más amplias de las que tuvieron las generaciones anteriores de luchadores 
políticos y sociales.

Hoy tal vez sólo el zapatismo puede plantearse en serio retomar la tarea de 
recuperar y transmitir a la sociedad lo positivo de la experiencia de la 
izquierda y los combates populares del pasado, para tomar lo que es útil de 
ella y para no repetir sus errores, que al ser desconocidos a veces parecen 
cosas nuevas.

Cuando vemos que en todo tipo de organizaciones, incluidas las nuestras, más 
que militantes que hayan decidido consagrar su vida a la lucha tenemos 
compañeros bien intencionados, pero para los que la lucha es sólo un 
aspecto, mayor o menor, de su existencia.

Cuando vemos que los organismos de base de las organizaciones sociales o 
políticas son más bien clubes para ocupar el tiempo libre o promover 
intereses particulares, y en las nuestras parecemos no encontrar qué hacer 
sistemática y permanentemente.

Cuando vemos que en todo tipo de organizaciones democráticas o de izquierda, 
incluidas las nuestras, se está esperando no sólo la línea sino hasta la 
propaganda que viene de arriba y no consideramos que es nuestro deber 
sostener económicamente nuestro propio trabajo político.

Cuando vemos todo esto, vale la pena volver los ojos no sólo al ejemplo de 
los compañeros del EZLN, sino también a la experiencia de la izquierda, 
cuyos militantes, por cierto, fueron más permanentes en la lucha que muchos 
de los que en apenas ocho años han constituido generaciones de muy corta 
duración de simpatizantes zapatistas, precisamente porque no se ha 
encontrado el modo de consolidarlas ofreciéndoles un espacio en el que vean 
satisfechas sus aspiraciones rebeldes.

Para ser militante hay que tener una convicción ideológica profunda y ello 
implica la costumbre arraigada de estudiar y discutir; de hacer trabajo 
político no sólo en la organización, sino en todas partes; de no conformarse 
con hacer tareas dirigidas a convencer a la sociedad, sino de construir 
organismos de base que estén arraigados y formen parte de un sector concreto 
de esa sociedad; tener el espíritu de participar, modesta o destacadamente, 
según lo dicten las circunstancias, en todo movimiento que esté en nuestro 
entorno o que podamos ayudar a crear, y un largo etcétera que hay que ir 
construyendo y que depende de nosotros mismos.

Una organización de militantes tiene que tener una firme identidad propia 
que sientan suya todos los que la forman y una solidaridad que hermane a 
todos los integrantes de ella, no sólo en la lucha y los momentos difíciles, 
sino en el tratamiento fraternal entre compañeros, incluso cuando surjan 
divergencias fuertes.

Entonces, de lo que se trata es de asimilar creativamente las diversas 
experiencias militantes y tratar de superarlas para poder avanzar hacia un 
nuevo tipo de militancia que rompa con tres visiones: la del activismo de 
tiempo libre; la de la participación en reuniones para hacer catarsis 
personal; la de una especie de voluntariado caritativo.

Un viejo dirigente de la izquierda, Hernán Laborde (que fue secretario 
general del Partido Comunista Mexicano, expulsado del mismo, entre otras 
cosas por oponerse al asesinato de Trotsky, y que fue tan militante que 
siguió reclutando militantes luego de ser expulsado), escribió: "Necesitamos 
un partido de hierro y tenemos uno de algodón".

Hoy, tal vez habría que plantear que necesitamos una militancia no tan 
rígida como el hierro, ni tan blanda como el algodón, sino que sea, digamos, 
de aluminio (metal de alta resistencia, pero flexible y ligero) para actuar 
con firmeza pero adaptándonos a las necesidades de la lucha.

Raúl Yépez Serna [Tiburón3]
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