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| Raul yepez on Fri, 12 Dec 2003 18:08:03 +0100 (CET) |
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| [nettime-lat] La herencia a recuperar y lo deshechable de la experiencia de laizquierda |
REFERANCIA:
http://www.revistarebeldia.org/revistas/001/art08.html
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La herencia a recuperar y lo deshechable de la experiencia de la izquierda
Por Raúl Jardón
Desde hace casi una década, existe y se ha desarrollado al seno del Partido
de la Revolución Democrática (PRD), de muchas agrupaciones sociales,
organizaciones no gubernamentales y entre los simpatizantes del zapatismo la
tendencia a despreciar, negar y tratar de evitar todo lo que tenga que ver
con la experiencia de lo que se llama despectivamente "la vieja" izquierda.
En el caso del perredismo tal tendencia es desaforada y lógica, ya que sus
principales dirigentes, hayan pertenecido o no a esa "vieja" izquierda,
están empeñados en negar todo lo que "huela" a revolucionario o radical,
para sustituirlo por una mentalidad institucional que encauce a sus
afiliados y simpatizantes sinceros y honestos en una lucha que no rebase los
marcos del sistema, y que los lleve a aceptar como naturales los fenómenos
de arribismo y luchas por el poder que imperan en ese partido.
En el caso de muchas organizaciones sociales, el rechazo a la experiencia de
la "vieja" izquierda se nutre de una fuente positiva: el rechazo de las
prácticas de aquella izquierda que las usó, en muchos casos, como simples
"correas de transmisión" de las líneas y órdenes de los partidos y
organizaciones que se auto-concebían como "la vanguardia". Pero también
tiene una fuente negativa: la necesidad de mantener el clientelismo y
neo-corporativismo que se han extendido, dominando las prácticas de esas
organizaciones.
Por lo que se refiere a las organizaciones no gubernamentales, la negación
de las experiencias de la "vieja" izquierda emana tanto de su propio
carácter monotemático (que las lleva a tener dificultades para aceptar que
hay luchas y objetivos generales que van más allá de lo que ha suscitado el
interés y necesidad de agruparse de sus integrantes), como también del tipo
de ciudadanos que se incorpora a ellas, que o bien están obsesionados
sinceramente en resolver ese problema particular o conciben su actividad
como una causa con la cual llenar su tiempo libre.
Entre los simpatizantes del zapatismo, la tendencia al olvido de la
experiencia de la "vieja" izquierda se basa en aspiraciones correctas, pero
también en interpretaciones incorrectas. Entre las primeras cabe citar la
sana intención de crear algo nuevo, que supere los vicios de lo anterior; el
rechazo a todo tipo de autoritarismo y vanguardismo y la búsqueda de una
nueva identidad. Entre las segundas, hay que señalar un fenómeno que surge
después de cada movimiento popular que concita la voluntad de cambio de la
gente, y que consiste en creer que con ese movimiento ha comenzado realmente
la historia y que del pasado ya no hay casi nada que aprender. Esto ocurrió
destacadamente con la revolución bolchevique en Rusia, con la revolución
cubana, etcétera, y ocurre también con el levantamiento zapatista.
Partiendo de tal situación, el propósito de este artículo es difundir las
experiencias útiles que nos han dejado como herencia las generaciones de
luchadores de izquierda respecto a lo que es la militancia política y
social, así como señalar sus graves desviaciones y errores pues, por
desgracia, es frecuente que conciente o inconcientemente, tanto en la base
del PRD como en las organizaciones sociales y de derechos humanos y entre
los simpatizantes zapatistas, repitamos los últimos sin saberlo siquiera,
mientras que no conocemos ni aprovechamos lo aprovechable de las
experiencias útiles.
¿Quién era un militante de izquierda?
Desde el surgimiento de los grupos anarcosindicalistas y socialistas en
México, en la acción del Partido Liberal Mexicano de los hermanos Flores
Magón, con el nacimiento del Partido Comunista Mexicano en 1919 y unos años
después de los grupos trotskistas; en la década de los 70, con la irrupción
de los grupos guerrilleros y de las corrientes maoístas, y aún hasta los
primeros años de la participación legal de algunos partidos de izquierda en
las elecciones, las generaciones de militantes que dieron su vida, fueron a
la cárcel, crearon organizaciones y destacaron en las luchas populares
tuvieron una cosa en común: la gran mayoría de ellos (porque no hay que
negar que también hubo muchos oportunistas, individuos sedientos de poder,
etcétera) concebían su militancia revolucionaria no como un pasatiempo
intelectual, ni como sólo una parte de su vida, sino que para ellos la lucha
por transformar el mundo era el objetivo central de su vida, el ideal al que
se dedicaban no sólo en la actividad política, sino al que tenía que
corresponder su vida familiar, su conducta en el trabajo, su actitud ante
los compañeros y amigos y la gente en general.
El militante de izquierda aspiraba (no digo que todos lo lograran, ni que
todos se empeñaran lo suficiente en ello) a serlo no simplemente en el seno
de la organización a la que pertenecía, sino en todos los aspectos de su
vida sin esperar (en la gran mayoría de los casos) recompensa alguna.
Ello explica por qué las organizaciones, e incluso pequeños grupos de
izquierda, lograban sobrevivir y desarrollarse aún en los periodos de fuerte
represión y en los años en que, por las circunstancias socioeconómicas,
estuvieron aislados de las masas populares. Había una mística revolucionaria
que hacía que siempre hubiera un militante que era la semilla de la cual
surgía un nuevo grupo de base de tal o cual organización cuando el anterior
desaparecía, ya sea bajo los golpes de la represión o de las deserciones por
el desencanto de otros que abandonaban la militancia. El militante que, por
cambiar de trabajo o lugar de residencia, se alejaba de su organismo de base
casi siempre sentía la necesidad vital de formar otro en su nueva zona de
residencia o de labores.
No es casualidad que en la izquierda se empleara el término militar de
reclutamiento para referirse a la tarea de conseguir nuevos militantes para
una organización. Para ser militante no bastaba tener una simpatía general
con la causa o una identificación emotiva con ella; para los compañeros con
esas motivaciones existía la categoría de simpatizantes o los "grupos
amplios" en los que influía tal o cual organización. El militante, para ser
admitido como tal, tenía que conocer más o menos con profundidad y estar de
acuerdo con los documentos básicos de la organización y aceptar sus normas
organizativas, cosas fundamentales para que los militantes tuvieran una
identidad común y una vinculación solidaria entre ellos.
El espíritu de entrega de los militantes se veía fortalecido, además, por el
ejemplo de la mayoría de los dirigentes de las organizaciones de izquierda
(aunque, insisto, también hubo muchos casos de autoritarismo y de buscadores
de privilegios personales), que se sacrificaban siendo revolucionarios
profesionales y recibían de la organización ingresos miserables que casi
nunca alcanzaban para vivir dignamente. La mayoría de los integrantes de
varias generaciones de líderes destacados no cayeron en los intentos de
corrupción gubernamental. Habiendo podido hacerse ricos u obtenido
posiciones de poder, vivieron siempre modesta o pobremente, y así murieron.
Nada que ver con la imagen actual de algunos líderes del PRD que antes
fueron dirigentes de la izquierda.
Encontramos importantes ejemplos concretos del espíritu de entrega de
militantes de base y dirigentes: en la década de los 70 con las decenas de
militantes maoístas que abandonaron las comodidades y posibilidades de
ascenso social de sus escuelas o trabajos, para dedicarse a hacer labor con
los campesinos y en los movimientos urbanos; los trotskistas que hicieron lo
mismo para convertirse temporalmente en obreros; las varias generaciones de
militantes comunistas que fueron despedidos de sus trabajos, una y otra vez,
y eran anotados en listas negras patronales al ser descubiertos haciendo
labores de propaganda y organización partidaria o sindical.
Sin embargo, esa mística revolucionaria también tuvo sus rasgos negativos
cuando un militante sentía ser el "iluminado" poseedor de la verdad, al que
el resto de la gente no era capaz de comprender lo que, lejos de acercarlo a
esa gente, lo aislaba o, peor aún, lo hacía creer que esa gente debía ser
sólo un instrumento para lograr los objetivos de la organización a la que él
perteneciera.
Por otro lado, el requisito de estar de acuerdo con los documentos básicos y
normas organizativas llevaba, muchas veces, a sectores importantes de las
organizaciones a tener una actitud acrítica o seguidista hacia los
dirigentes que dictaban la línea de la organización. Sin embargo, sobre todo
a partir de la década de los 60, prácticamente en todas las organizaciones
de izquierda fue disminuyendo o desapareciendo tal actitud, para ser
sustituida por el convencimiento de mayores grupos de militantes de que la
adopción sincera de una identidad colectiva no debía llevar a aceptar lo que
decía o escribía un dirigente, por ejemplar o brillante que fuera
personalmente, sino que se podían tener diferencias, incluso profundas, con
los documentos o línea de la organización, siempre y cuando se expresaran
pública y honestamente en el seno de la organización misma.
También en el terreno de la disciplina de los militantes hubo sombras y
luces. Durante mucho tiempo, en la mayoría de las organizaciones los
militantes, por su disposición a la lucha y espíritu de entrega a la causa,
consideraron que era su deber realizar cualquier tarea que se acordara o se
les encomendara, aunque no estuvieran preparados para ella o hubieran
sostenido opiniones contrarias a realizarla; lo que terminaba reduciendo la
eficacia del trabajo y generando inconformidades. Esta disciplina, que
rayaba en lo estrictamente militar, fue poco a poco siendo sustituida, al
menos en buena parte de las organizaciones y militancias, por una verdadera
aplicación de lo que se llamaba la disciplina conciente. Es decir, el
acordar las tareas en discusiones democráticas, sin imposiciones o presiones
morales, y buscando que las tareas se adaptasen a las capacidades de los
militantes. Además, en algunos casos, se exentaba a los militantes que no
estaban de acuerdo con una decisión de hacer las tareas para llevarla a
cabo, siempre y cuando no actuaran por su cuenta en contra de esa decisión.
Por mucho tiempo, la militancia en organizaciones de izquierda se realizó en
condiciones de semiclandestinidad (realizando actividades que no eran
ilegales, pero que no eran permitidas por el gobierno) o de clandestinidad y
esto imprimía un sello distinto a lo que sucede ahora en términos generales.
Pero, como la represión focalizada o selectiva sigue existiendo, cabe
recordar, también como experiencia, que los militantes de izquierda asumían
que su actuación era éticamente correcta por servir a los intereses del
pueblo. Por ello, en la mayoría de los casos, la fuerza de sus convicciones
les permitía al ser detenidos por las fuerzas represivas resistir las
torturas y no revelar lo que pudiera dañar a sus compañeros u
organizaciones, pero, al mismo tiempo, nunca negaban lo que hubieran hecho
personalmente y trataban de usar sus comparecencias judiciales públicas para
hacer propaganda para su organización o el movimiento popular en el cual
hubieran participado (que además era uno de los pocos momentos en que tales
expresiones lograban aparecer en algunos medios de comunicación).
Este es el panorama en la situación actual: En la base del PRD, la
aplastante mayoría de sus integrantes son afiliados que sólo se asumen como
miembros de su partido en las manifestaciones, mítines, a la hora de votar
o, cuando mucho, en luchas concretas que les atañen directamente. En el caso
de las organizaciones sociales, mucha gente participa únicamente para tratar
de obtener una demanda personal, familiar o de grupo (aunque sea legítima).
Mucha gente pertenece hoy a una organización no gubernamental con el mismo
espíritu de buena voluntad, pero parcial, con que antes se participaba en un
grupo caritativo. También vemos cómo muchos simpatizantes del zapatismo sólo
actúan en los momentos más graves o cuando el EZLN lanza alguna iniciativa.
En esta situación, bien vale la pena hacer esfuerzos por recuperar la
herencia positiva, desechando lo negativo, de lo que era el militante de la
izquierda, que lo era de tiempo completo no porque se dedicara todo el
tiempo a la lucha política y social o al "activismo", sino porque trataba de
dedicar todo lo que hacía en su vida a construir un mundo nuevo; recuperar
críticamente el espíritu del militante que ponía su convicción de dedicar su
vida a una causa por delante de sus intereses personales, profesionales e
incluso familiares.
¿Suena demasiado utópico? Pasemos a examinar algunas experiencias de cómo se
realizaba la militancia.
¿Dónde y cómo se militaba?
Un factor clave que explica el por qué la izquierda sobrevivió no únicamente
a la represión y los periodos de aislamiento social, sino también a sus
propios errores mayúsculos y desviaciones profundas, es que todas las
organizaciones que la compusieron trataron de que la militancia de sus
integrantes se realizara en colectivos de base (llamados células, círculos
de estudio, comités, etcétera), que estuvieran enraizados en la sociedad.
Se buscaba que esos organismos de base se crearan y trabajaran en sectores
sociales, laborales o de estudios en los que, la relativa homogeneidad de
problemas e intereses de la comunidad, a mediano y largo plazos propiciaran
la existencia de un sentido de colectividad, demandas comunes y el
surgimiento y existencia de luchas más allá de lo coyuntural.
Esta dependencia y ligazón con una base social hacía que los organismos de
base más sólidos y permanentes de las organizaciones de izquierda estuvieran
ubicados en los centros de trabajo o estudio y entre los campesinos, y que
fueran más inestables aquéllos de carácter puramente territorial (barrios,
colonias, etcétera) o de profesionistas que tenían nexos comunitarios más
endebles por la diversidad de intereses, problemas y estilos de vida de esos
sectores.
Los organismos de base tenían una vida propia y facilitaban la formación
política concreta de sus integrantes que, para ser eficaces en su labor,
tenían que tomar los documentos básicos y línea política de la organización
sólo como guías de principios y orientaciones generales, con los cuales
debían elaborar la política e iniciativas concretas que correspondieran a
las inquietudes, problemas y demandas de la gente del sector en el que
actuaban.
Así, la discusión colectiva cotidiana en esos organismos no se limitaba a
los planteamientos que se hicieran desde las dirigencias de las
organizaciones, sino que tenía que ver fundamentalmente con lo que había que
hacer para organizar a la gente e impulsar sus movimientos y luchas en donde
no existían, o con lo que había que hacer en las organizaciones y
movimientos sociales ya existentes.
Esas discusiones en los organismos de base influían, en mayor o menor
medida, en los cambios en la línea general de las organizaciones, pues las
experiencias con gente y luchas concretas tarde o temprano eran contrastadas
por los militantes con los postulados de los documentos básicos y la línea
que planteaban sus dirigentes. Al mismo tiempo, los militantes intentaban
transmitir a la gente y a los movimientos las experiencias y conclusiones
generales que la organización había sacado del estudio y discusión de la
situación nacional e internacional y del desarrollo de las luchas populares.
Así, las organizaciones que mejor supieron establecer una relación
dialéctica entre los planteamientos surgidos de sus organismos de base
partiendo de su experiencia y las elaboraciones generales hechas por la
organización en su conjunto fueron las que más lograron avanzar. Por el
contrario, aquéllas en las que predominó el apego doctrinario a los
programas o líneas, aunque no correspondieran a la realidad social, o bien
el querer hacer la suma de demandas concretas de los diversos sectores en
que actuaban sus militantes, sin encontrar las conclusiones generalizadoras
que promovieran la confluencia de los movimientos y luchas en torrentes
unitarios contra el sistema, quedaban en el estancamiento o desaparecían.
Dentro de las organizaciones de izquierda, el estudio de los problemas
políticos, económicos y sociales era fundamental para sus militantes, pero
hay que decir que en los casos de las que más desarrollo político lograron,
ello se debió no tanto a los cursos, escuelas de cuadros o talleres
organizados centralmente por tal o cual nivel de dirección (que, sin
embargo, jugaron un papel importante), sino a la necesidad de estudiar y
formarse políticamente que surgía en cada militante y en cada organismo de
base. Era considerada como una tarea indispensable, por un lado, para
conocer los aspectos teóricos que fundamentaban la posibilidad de otro tipo
de sociedad que daba sentido a su vida y, por el otro, para responder a los
problemas que les planteaba, individual y colectivamente, su actividad
concreta.
Hay que decir que en ninguna fuerza política de izquierda se logró organizar
un estudio sistemático y permanente, ni obtener un nivel político homogéneo
de todos sus militantes. Sin embargo, las que más avanzaron fueron aquéllas
en las que los temas a estudiar surgían, por un lado, de las necesidades
concretas de la lucha, planteadas desde la base militante, y, por el otro,
por la inquietud, por las ansias de saber teórico de los militantes,
acertadamente captadas por las dirigencias para organizar cursos, editar
libros y folletos, etcétera.
Estas características de los militantes y de sus organismos de base fueron
esenciales para que diversas organizaciones de izquierda se colocaran al
frente de los principales movimientos populares ocurridos en México: desde
la formación o democratización de centenas de sindicatos y la creación de
las ligas de comunidades agrarias en los años 30; los movimientos
magisterial y ferrocarrilero entre 1956 y 1959; la oleada de invasiones
campesinas de tierras en la primera mitad de los años 60; etcétera. Incluso
en el movimiento estudiantil de 1968, en el cual la mayoría de los
integrantes del Consejo Nacional de Huelga eran estudiantes sin experiencia
política previa, los principales y más respetados dirigentes eran o habían
sido antes miembros de organizaciones de izquierda. Algo similar ocurrió con
algunos de los dirigentes de las organizaciones de damnificados luego de los
sismos de 1985.
Contra lo que constituye la "leyenda negra de la vieja izquierda", hay que
decir que en la gran mayoría de los casos en que militantes de sus
organizaciones se convirtieron en líderes de un movimiento u organización
social, ello no ocurrió por simples maniobras o apetitos de poder (que, sin
embargo, también existieron), sino porque su honestidad, entrega a la lucha
y la capacidad y experiencia políticas que adquirían los hacia destacar y,
aunque a veces no quisieran, la gente no aceptaba (como no acepta ahora) que
alguien no diera la cara poniéndose al frente cuando la situación lo exigía.
Cabe recordar que en ese entonces ser dirigente de un movimiento,
organización social o partidista no traía aparejadas las dulces mieles del
poder o de la fama, sino el riesgo de ser el primero en sufrir la represión.
Es cierto que hubo líderes de izquierda en los movimientos y organizaciones
sociales que se aferraron al poder o lo usaron para mal, pero la mayoría de
los militantes de izquierda llevados por la gente al papel de dirigentes
sabían someterse a las decisiones democráticas de sus bases y asumían su
papel como una grave responsabilidad que tenían que cumplir, más que como
una oportunidad de protagonismo.
Quizá el aspecto de la "leyenda negra de la vieja izquierda" que tiene más
bases reales es la tendencia de sus organizaciones al sectarismo y los
pleitos canibalescos entre ellas. Esa tendencia se alimentaba, por un lado,
del papel de vanguardia que se atribuía a sí misma cada organización y, por
el otro, de la tendencia de los militantes a llevar al extremo sus
convicciones sinceras de tener la razón, convirtiéndolas en actitudes
autosuficientes de desprecio hacia los militantes de otras organizaciones.
Además, por supuesto, el que las organizaciones de izquierda y sus
militantes se hacían eco de los grandes debates entre sus respectivos
referentes internacionales. No obstante, hay que decir que aún cuando se
enfrentaban entre sí, los grupos de izquierda generalmente se unían en los
momentos más difíciles de la lucha y que, a partir de la década de los 70,
fue creciendo la tendencia unitaria en frentes, coordinadoras y hasta la
fusión de organizaciones.
Hoy, cuando el vanguardismo va en retroceso, se siguen repitiendo los
fenómenos sectarios producto de la creencia sincera de los integrantes de
organizaciones de todo tipo de que su línea y actividad son las justas. Si
avanzamos en el camino de hacer más militante nuestra vida y actividad, hay
que evitar que tales fenómenos se acrecienten y lograr que el
fortalecimiento de una identidad propia no signifique ni aislamiento
respecto a la gente, ni sectarismo autosuficiente.
Otro aspecto destacado de la militancia en la izquierda era que la penuria
económica que padecían y las tareas concretas que se planteaban para cada
organismo de base, hacía que los militantes tuvieran muy claro que era de
ellos de quienes dependía el sostenimiento de su organización y de sus
actividades.
Es cierto que se hacían, en algunos casos incluso mejor y más
sistemáticamente que hoy, campañas económicas, ventas de bonos o boteos, e
incluso se tenían redes de simpatizantes que donaban dinero a las
organizaciones, pero el militante sabía que no tendría un respaldo moral
firme para pedir dinero a la gente, si él mismo no lo aportaba. La actividad
permanente de cada organismo de base hacía que no se pudiera esperar el
apoyo económico o la propaganda de los órganos de dirección, sino que había
que bastarse con los propios medios para el trabajo político y, además,
aportar al sostenimiento general de la organización. Así, hubo
organizaciones en las que cada militante aportaba como cuota un porcentaje
fijo de sus ingresos, y sólo los desempleados y los estudiantes se fijaban a
sí mismos cuotas mínimas.
Pese a todo lo anterior, hay que reconocer que la militancia en la izquierda
sufrió los efectos de la convicción de cada organización de ser, o de
aspirar a convertirse en, la vanguardia, encargada de dirigir al pueblo por
poseer la verdad revolucionaria. Esto llevó, muchas veces, a tratar a las
organizaciones sociales como simples correas de transmisión de las órdenes
del partido revolucionario o a tratar de que los movimientos populares se
encaminaran por la línea trazada por X o Z organización de izquierda. Sin
embargo, hay que decir que esa conducta no fue absoluta y que fue perdiendo
terreno, conforme los movimientos sociales alcanzaban madurez propia y los
militantes ganaban experiencia.
¿Qué hay que rescatar de la "vieja" izquierda?
Una de las funciones muy importantes que cumplieron las organizaciones de la
izquierda durante décadas, y que se interrumpió con la desaparición de
algunas para disolverse en el seno del PRD, con la conversión de otras en
grupúsculos sin mayor peso, etcétera, fue el ser el vehículo para la
transmisión de la experiencia histórica no sólo de ellas, sino de los
movimientos de masas populares que abrieron el camino a los muy relativos,
pero reales, cambios que hoy nos permiten actuar públicamente con libertades
más amplias de las que tuvieron las generaciones anteriores de luchadores
políticos y sociales.
Hoy tal vez sólo el zapatismo puede plantearse en serio retomar la tarea de
recuperar y transmitir a la sociedad lo positivo de la experiencia de la
izquierda y los combates populares del pasado, para tomar lo que es útil de
ella y para no repetir sus errores, que al ser desconocidos a veces parecen
cosas nuevas.
Cuando vemos que en todo tipo de organizaciones, incluidas las nuestras, más
que militantes que hayan decidido consagrar su vida a la lucha tenemos
compañeros bien intencionados, pero para los que la lucha es sólo un
aspecto, mayor o menor, de su existencia.
Cuando vemos que los organismos de base de las organizaciones sociales o
políticas son más bien clubes para ocupar el tiempo libre o promover
intereses particulares, y en las nuestras parecemos no encontrar qué hacer
sistemática y permanentemente.
Cuando vemos que en todo tipo de organizaciones democráticas o de izquierda,
incluidas las nuestras, se está esperando no sólo la línea sino hasta la
propaganda que viene de arriba y no consideramos que es nuestro deber
sostener económicamente nuestro propio trabajo político.
Cuando vemos todo esto, vale la pena volver los ojos no sólo al ejemplo de
los compañeros del EZLN, sino también a la experiencia de la izquierda,
cuyos militantes, por cierto, fueron más permanentes en la lucha que muchos
de los que en apenas ocho años han constituido generaciones de muy corta
duración de simpatizantes zapatistas, precisamente porque no se ha
encontrado el modo de consolidarlas ofreciéndoles un espacio en el que vean
satisfechas sus aspiraciones rebeldes.
Para ser militante hay que tener una convicción ideológica profunda y ello
implica la costumbre arraigada de estudiar y discutir; de hacer trabajo
político no sólo en la organización, sino en todas partes; de no conformarse
con hacer tareas dirigidas a convencer a la sociedad, sino de construir
organismos de base que estén arraigados y formen parte de un sector concreto
de esa sociedad; tener el espíritu de participar, modesta o destacadamente,
según lo dicten las circunstancias, en todo movimiento que esté en nuestro
entorno o que podamos ayudar a crear, y un largo etcétera que hay que ir
construyendo y que depende de nosotros mismos.
Una organización de militantes tiene que tener una firme identidad propia
que sientan suya todos los que la forman y una solidaridad que hermane a
todos los integrantes de ella, no sólo en la lucha y los momentos difíciles,
sino en el tratamiento fraternal entre compañeros, incluso cuando surjan
divergencias fuertes.
Entonces, de lo que se trata es de asimilar creativamente las diversas
experiencias militantes y tratar de superarlas para poder avanzar hacia un
nuevo tipo de militancia que rompa con tres visiones: la del activismo de
tiempo libre; la de la participación en reuniones para hacer catarsis
personal; la de una especie de voluntariado caritativo.
Un viejo dirigente de la izquierda, Hernán Laborde (que fue secretario
general del Partido Comunista Mexicano, expulsado del mismo, entre otras
cosas por oponerse al asesinato de Trotsky, y que fue tan militante que
siguió reclutando militantes luego de ser expulsado), escribió: "Necesitamos
un partido de hierro y tenemos uno de algodón".
Hoy, tal vez habría que plantear que necesitamos una militancia no tan
rígida como el hierro, ni tan blanda como el algodón, sino que sea, digamos,
de aluminio (metal de alta resistencia, pero flexible y ligero) para actuar
con firmeza pero adaptándonos a las necesidades de la lucha.
Raúl Yépez Serna [Tiburón3]
Tel Casa. 8368 89 08
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